La ilusión del conocimiento
Era un viernes en el colegio y Sara estaba en su clase de informática. No le interesaba mucho la materia las clases siempre eran iguales, como una rutina sin deseo, donde la profesora solo dejaba trabajos y los estudiantes los realizaban mecánicamente, entregando palabras que no les decían nada. Era una escuela donde todo se repetía por inercia y donde nadie esperaba ya ninguna sorpresa.
Un día llegó una practicante. Era la primera vez que tenían una, pero Sara pensó que todo seguiría igual. Sin embargo, el 12 de abril la practicante llevó un tema nuevo: la inteligencia artificial. Sara, que siempre buscaba el camino más corto y el mínimo esfuerzo, vio en la IA la oportunidad perfecta. Investigó dos herramientas y, al descubrir que podían hacer gran parte del trabajo por ella, se emocionó.
-Esto me facilita mucho las cosas -pensó.
Pronto, Sara dejó de leer y de hacerse preguntas. Se limitaba a copiar, pegar y entregar pero una tarde, mientras observaba el texto perfecto en la pantalla, sintió una inquietud extraña eran sus tareas, pero no eran sus palabras. Entonces recordó una clase de lenguaje en la que su profesora había leído el cuento "El otro" de Borges de alguna manera, ella también sentía que ya no era completamente ella misma, como si se estuviera perdiendo en un espejo de respuestas automáticas.
Porque, al final, ¿quién escribía realmente ese trabajo? ¿Sara, al dar las instrucciones, o la máquina, al responderlas y estructurarlas?
Un día, finalizando el mes de abril, Sara terminó tan rápido una actividad en la sala de informática que la practicante, intrigada, se acercó a ella. No llegó para castigarla, sino como alguien que quería abrirle un mundo nuevo y devolverle el valor de su propia voz. Se sentó a su lado y le hizo una pregunta sencilla, una pregunta que buscaba abrir un vacío en medio de tanta información inmediata:
-Sara, ¿podrías explicarme de qué trata tu trabajo?
Sara se quedó en blanco en ese silencio comprendió algo importante la inteligencia artificial había respondido, pero ella no sabía realmente nada del tema.
La practicante la invitó a cuestionar lo que leía y lo que investigaba. Le explicó que no se trataba de terminar rápido, sino de comprender, reflexionar y mantener su propia voz en aquello que escribía.
-La inteligencia artificial respondió, pero ¿qué aprendiste tú? -le preguntó con suavidad.
Sara bajó la mirada y respondió:
-Nada. Solo creí en una ilusión de conocimiento pensé que sabía del tema, pero en realidad nunca aprendí.- dijo Sara
Desde entonces entendió que la inteligencia artificial podía ser una gran aliada para investigar, organizar ideas y aprender, pero que el pensamiento real, esa “chispa de deseo” por saber, siempre debía nacer de ella misma.
A partir de ese día, el aula dejó de ser un lugar de repetición y Sara comenzó por fin, a convertirse en la dueña de sus propias ideas.